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|  Marcelo González Native-Quality in Spanish & English Saipan, North Mariana Isl. Local time: 17:59 ChST (GMT+10)
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A continuación, se pueden leer fragmentos de tres capítulos de Democracia a la fuerza: intervenciones estadounidenses en la República Dominicana, Granada y Panamá, la versión autorizada en español de Gunboat democracy: US interventions in the Dominican Republic, Grenada and Panama(Crandall 2006).
DEL CAPÍTULO II, "LA INTERVENCIÓN DOMINICANA, 1965"
Después de haber leído una serie de histéricos cablegramas clasificados de su embajador en Santo Domingo, y por la recomendación casi unánime de sus más altos asesores, en la noche del 30 de abril de 1965, el Presidente Lyndon Johnson tomó la decisión para que intervinieran las fuerzas armadas de Estados Unidos en una incipiente guerra civil que había estallado en la República Dominicana casi una semana antes. Cuando se analiza en el contexto de las repetidas intervenciones de Estados Unidos en Centroamérica y el Caribe en las primeras tres décadas del siglo XX, incluyendo las realizadas en la República Dominicana (en 1905 y 1916), esta decisión no debe haber sorprendido a muchos. Efectivamente, el hecho de que Estados Unidos se había entrometido en lo que eran, más que nada, asuntos internos dominicanos podía considerarse un ejemplo más de las hegemónicas políticas estadounidenses de la Diplomacia del Garrote en su tradicional patio trasero.
Sin embargo, aunque no hay duda de que el método tradicional de Estados Unidos de responder a los posibles conflictos y amenazas se había aprendido en décadas anteriores y en previas aventuras, el caso dominicano también tiene valor instructivo en que para el año 1965 representaba un cambio dramático en las normas en cuanto a las relaciones interhemisféricas establecidas en años previos y posteriores a la Segunda Guerra Mundial.1 Tal y como se analizó en el capítulo anterior, la «Política del Buen Vecino» del Presidente Franklin Delano Roosevelt llevó a una reducción en las intervenciones directas, así como en las ocupaciones, estadounidenses en América Latina, una reducción reemplazada por la creación de un conjunto de tratados multilaterales que apoyaba los conceptos de la soberanía de los estados y la no intervención.
Por lo tanto, la intervención en la República Dominicana representaba el regreso a una estrategia norteamericana que no se utilizaba desde hacía más de treinta años. Nuevamente, lo anterior no es para decir que durante aquel tiempo Estados Unidos evitara entrometerse en asuntos internos latinoamericanos; pues, el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954 y el operativo en la Bahía de Cochinos en 1961 son dos ejemplos importantes. Más bien, es para señalar que cuando Johnson dio la orden que se desembarcara, en las afueras de Santo Domingo, el primer grupo de unos 400 efectivos de la Infantería de la Marina, la intervención directa había permanecido inactiva.
El resurgimiento de la Diplomacia del Garrote como herramienta en el arsenal político estadounidense es la razón principal por la que muchos historiadores y politólogos han condenado la intervención de 1965. Abraham Lowenthal, por ejemplo, en su trabajo fundamental sobre dicha intervención escribió que había sido «un acontecimiento trágico, costoso a la República Dominicana, a Estados Unidos y en cuanto a las relaciones interamericanas».2 Para el historiador de diplomacia Piero Gleijeses, la intervención norteamericana puso fin a los «cinco días gloriosos» de un levantamiento democrático.3
Muchos críticos afirmaban que la respuesta militar de mano dura a lo que era, en gran parte, una crisis interna dominicana, era una manifestación de la reticencia de Estados Unidos a permitir a los latinoamericanos a llevar las riendas de sus propios destinos. También afirmaban que Estados Unidos había intervenido por unos intereses nacionales muy específicos, y que estaba dispuesto a sacrificar, a su vez, los principios de la democracia, la soberanía y la no intervención.
Aunque, seguramente, Estados Unidos actuó de forma interesada en el caso dominicano, también es cierto que los métodos que usaba y las metas que seguía el gobierno de Johnson habían cambiado de manera visible desde las épocas «doradas» de la intervención estadounidense en la región. Además de los principios de la no intervención de la Política del Buen Vecino, tal y como vimos en el capítulo anterior, la llegada de la Alianza para el Progreso en 1961 había cambiado las prioridades estadounidenses de combatir la inestabilidad (entiéndase como el comunismo) a apoyar a los reformadores progresistas de la región.
De hecho, al personaje político al que se oponía Estados Unidos durante los acontecimientos de 1965 (es decir, a Juan Bosch), se le veía como un auténtico reformista en 1962, cuando fue elegido presidente de la República Dominicana en elecciones democráticas. En otras palabras, la decisión del gobierno de Johnson de intervenir se tomó con reticencia, a sabiendas que habría sido preferible que Bosch hubiera seguido como presidente después de su elección y que éste hubiera implantado las reformas sociales y económicas necesarias para impedir cualquier esfuerzo, de parte elementos radicales, para fomentar un golpe comunista.
DEL CAPÍTULO III: LA INVASIÓN DE GRANADA, 1983
RESISTENCIA CUBANA
Probablemente la mayor falla de inteligencia fue la de subestimar cuánto personal cubano había en la isla que pondría una fuerte resistencia ante una invasión, lo que, por cierto, terminó legitimando la invasión. Por ejemplo, las fuerzas estadounidenses conocían poco sobre la capacidad antiaérea cubana, lo que podía haberles prevenido la pérdida sorprendente de un alto número de helicópteros. De casi 7,800 cubanos en Granada cuando se produjo la invasión, unos 638 eran obreros de construcción (quienes también habían recibido adiestramiento militar) y el resto eran miembros de las fuerzas armadas.
El Pentágono decidió llamar a los cubanos capturados «personal bajo custodia protectiva» en lugar de «prisioneros de guerra» para que no hubiera indicación alguna de que Estados Unidos estuviera «en guerra» con Cuba. Además, como presagio de la controversia en torno a la Bahía de Guantánamo después del operativo militar en Afganistán, a funcionarios militares estadounidenses les preocupaba que el estatus de «prisioneros de guerra» les diera a los cubanos ciertos derechos bajo el Convenio de Ginebra.120
Desde que Bishop llegó al poder en 1979, la ayuda militar cubana para Granada había sido generosa. Castro había llamado el golpe de estado del NJM una «revolución grande en un país pequeño» y, hasta el asesinato de Bishop, los dos gobiernos sostenían relaciones cordiales. De hecho, cuando Coard y el RMC llegaron al poder, a éstos Castro trataba con frialdad, en parte por el afecto que le tenía a Bishop, pero también porque sabía que esa clase de payasadas aumentaba considerablemente la probabilidad de una invasión estadounidense.
El oficial militar cubano al mando de la misión militar de Cuba desde 1981 hasta 1983 regresó a Granada menos de veinticuatro horas antes de la invasión. Tenía que dirigir la resistencia, y Castro le habría ordenado que luchara «hasta la muerte», aunque otros informes indican que Castro le había ordenado que no se rindiera, y que ni se opusiera, ante la ocupación de la isla.121 Fueren las que fueren las verdaderas indicaciones de Castro, los cubanos, indudablemente, ofrecieron mucha más resistencia de la que los planificadores del Pentágono habían anticipado.
Tras la invasión, el Almirante Wesley L. McDonald, el comandante y jefe de las fuerzas estadounidenses en el Atlántico, dijo que documentos militares cubanos, descubiertos en Granada, indicaban que Cuba tenía la intención de enviar a Granada otros 341 oficiales militares y 4,000 reservistas. McDonald también afirmó que había más de 1,100 cubanos en la isla, pero para el día 30 de octubre, funcionarios estadounidenses ya no disputaban el estimado que indicaba que había menos de 800 cubanos en la isla.122 Ya con sus fuerzas derrotadas, Castro arremetió contra Estados Unidos por haber lanzado la invasión:
«La invasión de Granada se produjo en forma sorpresiva y traicionera. . …[y] al pueblo norteamericano se le presentó, además, la invasión de Granada como una gran victoria de la política exterior de Reagan contra el campo socialista y el movimiento revolucionario. Se apeló de una forma sucia y deshonesta al patriotismo norteamericano, al orgullo del país, a la grandeza y la gloria de la nación. . . . El hecho real, lamentable y verdaderamente peligroso, no sólo para los pueblos del Caribe, Centroamérica y América Latina, sino para todos los pueblos de la Tierra, es que cuando la opinión mundial condenaba unánimamente la acción guerrerista, agresiva, injusticable, violatoria de la soberanía de los pueblos y de todas las normas y principios internacionales, la opinión mayoritaria en Estados Unidos, manipulada, desinformada, y engañada, apoyó el mostruoso crimen cometido por su Gobierno.»123
EL GOBIERNO DE REAGAN DEFIENDE LA INVASIÓN
A las 9:00 a.m. del 25 de octubre, el primer día de la invasión y antes de haberse evacuado a los estudiantes de medicina, el Presidente Reagan anunció, en rueda prensa, que la invasión había sido «impuesto» a Estados Unidos frente a un acontecimiento que no tenía «ningún precedente en el Caribe oriental ni en ninguna parte en ninguna sociedad civilizada». Él señaló que el objetivo de Estados Unidos en la invasión era «proteger vidas inocentes, incluidas las de mil estadounidenses, cuya seguridad personal, claro está, es mi preocupación primordial». Reagan también declaró que el «esfuerzo multinacional» era un ejemplo de «acciones colectivas» con las que se pretendía «impedir mayor caos» y «ayudar en la restauración de un estado de derecho y orden y de instituciones gubernamentales en la isla de Granada».124 Reagan también explicó que él había recibido un llamado de las naciones de la OECS para ayudar en una acción en conjunto y que él había aceptado su solicitud para formar parte de la fuerza multilateral.
Algunos críticos hicieron hincapié en el hecho de que Reagan no mencionó nada acerca de la participación cubana y soviética en la isla. Éstos creían que ello comprobaba que el gobierno había inventado la amenaza sólo después de tomada la decisión de invadir para encubrir el hecho de que se había exagerado la amenaza a los estudiantes. Sin embargo, aunque Reagan no mencionó Cuba en su primera sesión informativa para la prensa, el tema de la participación cubana en Granada ya había abordado enérgicamente en ocasiones anteriores, tales como su discurso, por televisión nacional, en marzo de 1983.
En el transcurso de los próximos días, la justificación de la invasión que ofrecía el gobierno cambiaba la importancia geopolítica de Granada, sobre todo en relación a la amenaza de que se convirtiera la isla en otra Cuba. El 27 de octubre, el Presidente Reagan hizo un discurso a la nación en que se centraba en el atentado en Beirut y la invasión de Granada:
«Los acontecimientos en el Líbano y en Granada, no obstante la distancia oceánica del uno al otro, están estrechamente relacionados. Moscú no sólo ha ayudado y alentado la violencia en ambos países, pero proporciona apoyo directo mediante una red de delegados y terroristas. No es coincidencia que, cuando los hampones intentaron arrebatar el control de Granada, hubiera 30 asesores soviéticos y cientos de militares cubanos y fuerzas paramilitares en la isla.»
Proseguía,
«Hemos descubierto una basa completa con armas y equipo de comunicación, lo cual deja claro que se había planeado una ocupación cubana de la isla. . . . Nos habían dicho que Granada era un paraíso isleño amigable hacia el turismo. Pues, no era así. Era una colonia soviético-cubana, siendo preparada para ser un importante bastión militar para exportar el terror y socavar la democracia. Llegamos justo a tiempo» (traducción de páginas 148-150).
DEL CAPÍTULO IV: LA INVASIÓN DE PANAMÁ, 1989
ESTADOS UNIDOS, PANAMÁ Y EL CANAL:
LOS PRIMEROS AÑOS
Tal vez más que cualquier otro país, la historia de Panamá como nación está ligada a Estados Unidos. Efectivamente, Panamá logró independizarse de Colombia en 1903 sólo porque Estados Unidos buscaba a un socio conveniente con el que pudiera concluir un convenio permitiéndole el acceso y control de un canal interoceánico.
Durante la mayoría de los ochenta años anteriores, desde su ruptura con España, Panamá fue parte de Colombia. Por lo tanto, desde la década de 1840 hasta principios del siglo XX, buscando lo que le convenía a largo plazo y colocándose para lograr su objetivo de un canal, Washington pasó la mayor parte de su tiempo negociando con Colombia. Respecto de un canal, la primera manifestación del interés estratégico de Estados Unidos en la región de Panamá se vio en 1846 al firmar el Tratado Mallarino Bidlack. Éste comprometía a Estados Unidos a lo que era el cruce del istmo de Panamá, y permitía a Estados Unidos intervenir para proteger instalaciones de tránsito. Irónicamente, el tratado indicaba, de manera indirecta, que Estados Unidos no permitiera que Panamá se separara de Colombia. De un día para otro, Washington había adquirido un interés estratégico y logrado posicionarse al respecto en Panamá.9
Con la aprobación de Colombia, durante los próximos cincuenta años Estados Unidos intervino trece veces en Panamá. La mayoría de las intervenciones giraron en torno a la protección de infraestructura sobre la cual (de un lado del istmo al otro) se transportaban cada vez más viajeros y mercancía. El descubrimiento de oro en California en 1849 fue un acontecimiento que hizo aumentar el tránsito que atravesaba Panamá (en este caso, hacia el oeste).10
Uno de los momentos más importantes en la búsqueda norteamericana por un canal ocurrió en 1898 durante la guerra con España cuando el mayor buque de guerra estadounidense, el USS Oregon, tuvo que dar la vuelta a Sudamérica para llegar al teatro de guerra en Cuba, un viaje que duró sesentiocho días.11 Partidarios del canal utilizaron dicho suceso como prueba convincente de la importancia estratégica de un canal en Centroamérica, uno, claro está, construido y operado exclusivamente por Washington.12
El primer paso hacia la apropiación unilateral de derechos sobre el canal ocurrió en 1901 cuando Estados Unidos firmó el Tratado Hay-Pauncefote con Gran Bretaña, otorgando al primero el derecho implícito de construir y operar un canal. Lo que no aclaraba, sin embargo, era dónde se construiría. En realidad, durante la mayoría de los años finales del siglo XIX se consideró como una opción más atractiva una ruta por Nicaragua. Dos comisiones estadounidenses convocadas para tratar el asunto del canal habían apoyado la opción nicaragüense, y en 1901 un proyecto de ley para la ruta nicaragüense fue aprobado en la Cámara de Representantes con una votación de 308 a favor y 2 en contra. A diferencia de Nicaragua, se veía Panamá como un pantano indeseable.
Pero no se perdieron las esperanzas. El infatigable francés Philippe Bunau Varilla (quien tenía intereses propios en la ruta panameña) emprendió una campaña publicitaria, acercándose a importantes legisladores republicanos para que éstos reconsideraran sus posiciones al respecto. Cuando una erupción volcánica en la isla de Martinique (matando a treinta mil personas) fue seguida de una segunda erupción en Nicaragua, se cuenta que, tres días antes de una votación crucial sobre la ruta del canal, Bunau Varilla envió a varios senadores un sello de Nicaragua con la imagen de una montaña humeante. Panamá ganó con una votación de 42 a 34, y la Ley Spooner autorizó la construcción de un canal atravesando Panamá «en un plazo razonable» o, de otra manera, le tocaría a Nicaragua.13
Ahora que se tenía la aprobación legislativa para la opción panameña, el próximo paso de Washington era conseguir la aprobación de Bogotá. Además del motivo relacionado con la seguridad de la nación, el Presidente Theodore Roosevelt quería el convenio para «la posteridad y la reelección».14 Ese esfuerzo dio como fruto el Tratado Herrán Hay, pactado en enero de 1903 por el Secretario de Estado norteamericano John Hay y su homólogo colombiano Tomás Herrán. El Tratado Herrán Hay incluía un contrato de arrendamiento renovable de 100 años, otorgando a Estados Unidos una zona de seis millas de ancho, lo que cubriría todo el largo del canal. La jurisdicción sobre el canal se compartiría, y a Colombia, Washington haría un pago anual por la suma de US$250,000.15 En marzo, el Senado ratificó el tratado con una votación de setentitrés a cinco, pero la asamblea colombiana estuvo mucho menos entusiasmada; lo rechazaron con votación unánime.
Por el rechazo del tratado Roosevelt se veía obligado a reconsiderar su política sobre el canal. Él sabía que podía seguir negociando con los colombianos; tratar de establecer un proyecto en Nicaragua y dejar que el Congreso se decidiera al respecto, o podía negociar un nuevo tratado con un estado secesionista panameña.16 Está claro que él no tenía deseo alguno de seguir negociando con los «los tontos y homicidas corruptos en Bogotá», declarando: «Al igual que no se puede clavar jalea de grosella en una pared, no se puede llegar a ningún un acuerdo con ellos».17 Roosevelt también estuvo enfurecido porque, aparentemente, algunos miembros de la legislatura colombiana querían sobornos a cambio de votos a favor del tratado.18 Todo estaba listo: Roosevelt ayudaría a asegurar el éxito de la «notoria revolucioncita» en Panamá que llevaría a un nuevo tratado.19 Aunque Roosevelt tenía muchos deseos de ver que Panamá se liberara de Colombia, es importante señalar que muchos panameños querían la independencia también. Por su parte, Washington sólo proporcionaría la fuerza necesaria para asegurar el buen desenvolvimiento del proceso e eliminar cualquier duda en torno al objetivo.
A principios de noviembre de 1903, rebeldes panameños declararon su independencia de Colombia. Aunque algunos soldados colombianos lograron llegar a Panamá, la presencia de cañoneros estadounidenses apostados en áreas clave frente a la costa panameña hacía que la mayoría de las fuerzas colombianas se viera obligada a abandonar sus planes. En sólo cuestión de unos días, Washington había reconocido al nuevo gobierno de Panamá. No es de sorprender que, casi inmediatamente después, todo se puso en marcha en relación a un nuevo tratado sobre el canal. El 15 de noviembre, ya fungiendo como el representante interino de Panamá ante Estados Unidos, Bunau Varilla (uno de «los grandes pícaros de la época imperialista») comenzó negociaciones con Hay sobre un nuevo tratado.20
El tratado en sí era casi idéntico al documento de Hay-Herrán firmado diez meses antes. Pero increíblemente, Bunau-Varilla temía que faltaba poco para que el texto favoreciera demasiado a Panamá, y que el Senado pudiera rechazarlo y optar, en ese caso, por un canal en Nicaragua. El convenio conocido como el Tratado Hay-Bunau Varilla expandió la zona del canal de seis a diez millas; dejó el control de unas islas cercanas a Estados Unidos; permitió la construcción de bases militares estadounidenses, y cambió la cesión de derechos de 100 años a una cesión «a perpetuidad». No le quedaba el derecho a Panamá a cobrar impuestos en la zona, ni fijar las tarifas de peaje del canal. El tratado también fijaba el precio del arrendamiento, algo que, con el correr de los años, iría bajando considerablemente por concepto de inflación. El secretario Hay comentó que el tratado era «muy satisfactorio, completamente a favor de Estados Unidos y, debemos confesar, no tan favorable para Panamá».21 Asimismo, la Zona del Canal ya era territorio exclusivo de Estados Unidos.
Muchos panameños estaban sumamente disgustados sobre los nuevos términos, pero no les quedaban muchas opciones sino aceptar el nuevo convenio. Ellos sabían de sobra que su independencia precaria era tan duradera como la disposición de Washington de mantener a raya a las fuerzas colombianas. Además, había rumores de que Bogotá consideraba presentar a Washington un nuevo y generoso tratado si Estados Unidos dejaba de apoyar a los panameños en su lucha por la independencia.22 El 2 de diciembre, el mismo día que el barco en que se llevaba el tratado llegó a la ciudad portuaria de Colón, Panamá ratificó el tratado con votación unánime y sin modificación alguna. El Senado de Estados Unidos ratificó el tratado doce semanas después; a los tres días, Bunau Varilla renunció como ministro de Panamá en Washington.
Todos los estadounidenses, sin embargo, no veían de manera muy positiva la victoria de Roosevelt. En un editorial del New York Times del año 1903 se decía que el canal era «propiedad robada» y que los socios en Panamá del gobierno estadounidense era «un grupo de promotores, especuladores y cabilderos que habían adquirido su dinero mediante la rebelión que nosotros fomentamos, aseguramos y efectuamos». Conservando su forma característica de expresarse, Roosevelt calificaba a sus detractores como «un pequeño grupo que chilla como eunuco» (traducción de páginas 174-178).23
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Notas
(correspondientes a la muestra de
"La Invasión de Panamá, 1989")
9. Michael L. Conniff, Panama and the United States: The Forced Alliance (Athens: University of Georgia Press, 1992), 20.
10. David N. Farnsworth and James W. McKenney, U.S.-Panama Relations, 1903– 1978: A Study in Linkage Politics (Boulder, Colo.: Westview Press, 1983), 15.
11. Farnsworth and McKenney, U.S.-Panama Relations, 17.
12. Koster and Sánchez, In the Name of the Tyrants, 386.
13. Citado en Koster and Sánchez, In the Name of the Tyrants, 387.
14. Conniff, Panama and the United States, 64.
15. Conniff, Panama and the United States, 64.
16. Major, Prize Possession, 34.
17. Citado en Major, Prize Possession, 34. La segunda cita es lo que Roosevelt dijo a su biógrafo a los doce años.
18. Véase Frederick W. Marks, Velvet on Iron: The Diplomacy of Theodore Roosevelt (Lincoln: University of Nebraska Press, 1979).
19. Koster and Sánchez, In the Name of the Tyrants, 19.
20. Citado en Koster and Sánchez, In the Name of the Tyrants, 383.
21. E. H. Kahn, «Letter from Panama», The New Yorker, August 16, 1976, 64–74.
22. Thomas Donnelly, Margaret Roth, and Caleb Baker, Operation Just Cause: The Storming of Panama (New York: Lexington Books, 1991), 3–7; Koster and Sánchez, In the Name of the Tyrants, 21.
23. Citado en Major, Prize Possession, 58.
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Democracia a la Fuerza: intervenciones estadounidenses en la República Dominicana, Granada y Panamá, la traducción autorizada de Gunboat democracy: US interventions in the Dominican Republic, Grenada and Panama (Crandall 2006:176-178)
Para ver el prólogo y el capítulo uno, "La Evolución de las Intervenciones y Ocupaciones de Estados Unidos en América Latina", presione aquí. |
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