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Off topic: Dec√°logo del perfecto cuentista (Horacio Quiroga)
Thread poster: Aurora Humar√°n
Aurora Humar√°n  Identity Verified
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Oct 7, 2003

Haberlo tenido antes...
Au


DEC√ĀLOGO DEL PERFECTO CUENTISTA
Horacio Quiroga


1.Cree en el maestro (Poe, Maupassant, Kipling, Chéjov) como en Dios mismo.

2.Cree que tu arte es una cima inaccesible. No sue√Īes con dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguir√°s sin saberlo t√ļ mismo.

3.Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que cualquier otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

4.Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

5.No empieces a escribir sin saber desde la primera l√≠nea a d√≥nde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras l√≠neas tienen casi siempre la misma importancia que las tres √ļltimas.

6.Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el r√≠o soplaba un viento fr√≠o", no hay en lengua humana m√°s palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez due√Īo de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre s√≠ consonantes o asonantes.

7.No adjetives sin necesidad. In√ļtiles ser√°n cuantas colas de color adhieras a un sustantivo d√©bil. Si hallas el que es preciso, √©l s√≥lo tendr√° un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

8.Toma a tus personajes de la mano y ll√©valos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo t√ļ lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

9.No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir y evócala. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

10.No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresi√≥n que har√° tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera inter√©s m√°s que para el peque√Īo ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento.


Horacio Quiroga nació en 1878 en Salto, Uruguay.



[Edited at 2003-10-07 18:12]


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Andrea Ali  Identity Verified
Argentina
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Member (2003)
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Nunca es tarde... Oct 7, 2003

AURORA HUMARAN wrote:

Haberlo tenido antes...
Au



El tiempo por venir es tiempo para escribir...



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Marijke Singer  Identity Verified
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Como Aurora nombró a mi autor preferido ... Oct 7, 2003

Les voy a poner mi cuento favorito de él

La Gallina Degollada
Horacio Quiroga

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.
El mayor ten√≠a doce a√Īos, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, hab√≠an sido un d√≠a el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho m√°s vital: un hijo: ¬ŅQu√© mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagraci√≥n de su cari√Īo, libertado ya del vil ego√≠smo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovaci√≥n?
As√≠ lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo lleg√≥, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creci√≥ bella y radiante, hasta que tuvo a√Īo y medio. Pero en el vig√©simo mes sacudi√©ronlo una noche convulsiones terribles, y a la ma√Īana siguiente no conoc√≠a m√°s a sus padres. El m√©dico lo examin√≥ con esa atenci√≥n profesional que est√° visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.
Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.
‚ÄĒ¬°Hijo, mi hijo querido! ‚ÄĒsollozaba √©sta, sobre aquella espantosa ruina de su primog√©nito.
El padre, desolado, acompa√Ī√≥ al m√©dico afuera.
‚ÄĒA usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podr√° mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no m√°s all√°.
‚ÄĒ¬°S√≠!... ¬°S√≠! ‚ÄĒasent√≠a Mazzini‚ÄĒ. Pero d√≠game: ¬ŅUsted cree que es herencia, que?...
‚ÄĒEn cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que cre√≠a cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay all√≠ un pulm√≥n que no sopla bien. No veo nada m√°s, pero hay un soplo un poco rudo. H√°gala examinar bien.
Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobl√≥ el amor a su hijo, el peque√Īo idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo m√°s profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.
Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.
Esta vez los padres cayeron en honda desesperaci√≥n. ¬°Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¬°Su amor, sobre todo! Veintiocho a√Īos √©l, veintid√≥s ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un √°tomo de vida normal. Ya no ped√≠an m√°s belleza e inteligencia como en el primog√©nito; ¬°pero un hijo, un hijo como todos!
Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.
Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasi√≥n por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la m√°s honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sab√≠an deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obst√°culos. Cuando los lavaban mug√≠an hasta inyectarse de sangre el rostro. Anim√°banse s√≥lo al comer, o cuando ve√≠an colores brillantes u o√≠an truenos. Se re√≠an entonces, echando afuera lengua y r√≠os de baba, radiantes de frenes√≠ bestial. Ten√≠an, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada m√°s. Con los mellizos pareci√≥ haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres a√Īos desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.
No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.
Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
‚ÄĒMe parece ‚ÄĒd√≠jole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos‚ÄĒque podr√≠as tener m√°s limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
‚ÄĒEs la primera vez ‚ÄĒrepuso al rato‚ÄĒ que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
‚ÄĒDe nuestros hijos, ¬Ņme parece?
‚ÄĒBueno; de nuestros hijos. ¬ŅTe gusta as√≠? ‚ÄĒalz√≥ ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
‚ÄĒ¬ŅCreo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
‚ÄĒ¬°Ah, no! ‚ÄĒse sonri√≥ Berta, muy p√°lida‚ÄĒ ¬°pero yo tampoco, supongo!... ¬°No faltaba m√°s!... ‚ÄĒmurmur√≥.
‚ÄĒ¬ŅQu√©, no faltaba m√°s?
‚ÄĒ¬°Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, enti√©ndelo bien! Eso es lo que te quer√≠a decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
‚ÄĒ¬°Dejemos! ‚ÄĒarticul√≥, sec√°ndose por fin las manos.
‚ÄĒComo quieras; pero si quieres decir...
‚ÄĒ¬°Berta!
‚ÄĒ¬°Como quieras!
Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Naci√≥ as√≠ una ni√Īa. Vivieron dos a√Īos con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeci√≥, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la peque√Īa llevaba a los m√°s extremos l√≠mites del mimo y la mala crianza.
Si a√ļn en los √ļltimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvid√≥se casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pas√°bale lo mismo.
No por eso la paz hab√≠a llegado a sus almas. La menor indisposici√≥n de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Hab√≠an acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vert√≠a afuera. Desde el primer disgusto emponzo√Īado hab√≠anse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruici√≥n, es, cuando ya se comenz√≥, a humillar del todo a una persona. Antes se conten√≠an por la mutua falta de √©xito; ahora que √©ste hab√≠a llegado, cada cual, atribuy√©ndolo a s√≠ mismo, sent√≠a mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro hab√≠ale forzado a crear.
Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.
De este modo Bertita cumpli√≥ cuatro a√Īos, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo alg√ļn escalofr√≠o y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, torn√≥ a reabrir la eterna llaga.
Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
‚ÄĒ¬°Mi Dios! ¬ŅNo puedes caminar m√°s despacio? ¬ŅCu√°ntas veces?. . .
‚ÄĒBueno, es que me olvido; ¬°se acab√≥! No lo hago a prop√≥sito.
Ella se sonri√≥, desde√Īosa: ‚ÄĒ¬°No, no te creo tanto!
‚ÄĒNi yo, jam√°s, te hubiera cre√≠do tanto a ti. . . ¬°tisiquilla!
‚ÄĒ¬°Qu√©! ¬ŅQu√© dijiste?...
‚ÄĒ¬°Nada!
‚ÄĒ¬°S√≠, te o√≠ algo! Mira: ¬°no s√© lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido t√ļ!
Mazzini se puso p√°lido.
‚ÄĒ¬°Al fin! ‚ÄĒmurmur√≥ con los dientes apretados‚ÄĒ. ¬°Al fin, v√≠bora, has dicho lo que quer√≠as!
‚ÄĒ¬°S√≠, v√≠bora, s√≠! Pero yo he tenido padres sanos, ¬Ņoyes?, ¬°sanos! ¬°Mi padre no ha muerto de delirio! ¬°Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¬°Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
‚ÄĒ¬°V√≠bora t√≠sica! ¬°eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¬°Preg√ļntale, preg√ļntale al m√©dico qui√©n tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulm√≥n picado, v√≠bora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita sell√≥ instant√°neamente sus bocas. A la una de la ma√Īana la ligera indigesti√≥n hab√≠a desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios j√≥venes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliaci√≥n lleg√≥, tanto m√°s efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.
Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.
A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.
El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
‚ÄĒ¬°Se√Īora! Los ni√Īos est√°n aqu√≠, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.
‚ÄĒ¬°Que salgan, Mar√≠a! ¬°√Čchelos! ¬°√Čchelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron;, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.
De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quer√≠a observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quer√≠a trepar, eso no ofrec√≠a duda. Al fin decidi√≥se por una silla desfondada, pero faltaba a√ļn. Recurri√≥ entonces a un caj√≥n de kerosene, y su instinto topogr√°fico h√≠zole colocar vertical el mueble, con lo cual triunf√≥.
Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.
Pero la mirada de los idiotas se hab√≠a animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensaci√≥n de gula bestial iba cambiando cada l√≠nea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La peque√Īa, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sinti√≥se cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.
‚ÄĒ¬°Solt√°me! ¬°D√©jame! ‚ÄĒgrit√≥ sacudiendo la pierna. Pero fue atra√≠da.
‚ÄĒ¬°Mam√°! ¬°Ay, mam√°! ¬°Mam√°, pap√°! ‚ÄĒllor√≥ imperiosamente. Trat√≥ a√ļn de sujetarse del borde, pero sinti√≥se arrancada y cay√≥.
‚ÄĒMam√°, ¬°ay! Ma. . . ‚ÄĒNo pudo gritar m√°s. Uno de ellos le apret√≥ el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa ma√Īana se hab√≠a desangrado a la gallina, bien sujeta, arranc√°ndole la vida segundo por segundo.
Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
‚ÄĒMe parece que te llama‚ÄĒle dijo a Berta.
Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Bertita a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
‚ÄĒ¬°Bertita!
Nadie respondió.
‚ÄĒ¬°Bertita! ‚ÄĒalz√≥ m√°s la voz, ya alterada.
Y el silencio fue tan f√ļnebre para su coraz√≥n siempre aterrado, que la espalda se le hel√≥ de horrible presentimiento.
‚ÄĒ¬°Mi hija, mi hija! ‚ÄĒcorri√≥ ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empuj√≥ violentamente la puerta entornada, y lanz√≥ un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola:
‚ÄĒ¬°No entres! ¬°No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.

Si ahora tienen ansias de m√°s visiten el siguiente sitio:
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Les recomiendo en especial:
El Almohadón de Plumas
pero solo si nos les importa pasar la noche en velo.


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