Hermoso artículo publicado en El País, Madrid
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María T. Vargas  Identity Verified
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Jun 25, 2002

Para todos mis colegas argentinos, especialmente los más mayorcitos, que han conocido lo que el autor comenta. Por supuesto lo pueden apreciar otros e incluso sé que Billiken, por ej., se leía en todos los países de América Latina y España. Lo encuentro muy emotivo.



Saludos afectuosos a todos,



Pampi



PD: Si no han leído sus espléndidas novelas, las recomiendo.



No habrá más pena ni olvido. SERGIO RAMÍREZ

(Sergio Ramírez es escritor nicaragüense). Ex vicepresidente de Nicaragua y fundador del Frente Sandinista.



Desde la verdura en harapos del trópico bananero, yo quería ser

argentino en aquellos ya remotos años cuarenta que fueron los de mi

infancia. Un primo rico se daba el lujo de mandar a empastar los

números de Billiken, y en esos tomos tan preciados descubrí La dama

del perrito de Chejov, y El Oso de Faulkner, cuando aquel primo se

dignaba prestármelos. Me quedaba leyendo hasta altas horas de la

madrugada a la luz de un foco de mano, embozado bajo la sábana, para

no ser descubierto en el delito del desvelo, Billiken y también los

números de El Peneca. Todavía se sigue llamando penecas en Nicaragua

a las revistas de historietas. Y me identifiqué con Patoruzito, el

indiecito semidesnudo de las pampas, aprendí lo que era una boleadora y un

ombú, y gané mi primer antihéroe en su adversario Isidoro, el porteñito

engominado. Civilización contra barbarie.

Aprendí también desde entonces la palabra canillita, porque un niño

inválido, que vendía periódicos por las calles de Buenos Aires,

apoyándose en una muleta, era capaz de transformarse en el Capitán

Maravilla con sólo pronunciar la palabra mágica SHAZAM (compuesta

por las iniciales de Salomón, Hércules, Atlas, Zeus, una que he

perdido, y Marte), y ya en su investidura de héroe poderoso abatía

a puñetazos a la peor ralea de maleantes que se ocultaban en los

meandros del barrio de La Boca.

Y hay más. Mis libros de lectura de la escuela primaria venían también

de Argentina, y me acostumbré a que la bandera patria que figuraba en

la primera página de esos libros, tan parecida a la de Nicaragua,

tuviera ciertas ligeras variantes con la mía; apenas un poco más pálidas las

franjas azules, y en la franja blanca del centro, en lugar del escudo de

cinco volcanes, un sol resplandeciente. Y Eva Perón. En la pobre biblioteca

de mi escuela, donde todos los libros alcanzaba en unos cuantos estantes de

pino, no había mejor momento para mí que el de entregarme a repasar las páginas de un álbum de fotos a colores pastel dedicado a aquella primera dama caritativa de moño perfecto y sonrisa angelical, que venía a ser como la reina del mundo, y que tantos años después reviviría para mí en la espléndida novela Santa Evita de Tomás Eloy Martínez.

Pero también tengo en mi vida a la Editorial Sopena Argentina, con

sus libros a dos columnas en los que leí Los Miserables, El Conde de

Montecristo y Los Tres Mosqueteros, y la Editorial Kraft, que publicaba

cuentos japoneses y poemas chinos con delicadas ilustraciones, y aún

más tarde, mi encuentro con En busca del tiempo perdido, traducido

por Pedro Salinas, en los libracos en cuarto mayor de tapas de cartón y

hermosa letra, tal vez de la casa editorial Salvador Rueda, mal me

engañe la memoria; más Trilce, el Canto General, El romancero gitano,

y Marinero en Tierra, unos tomitos en rústica de cubiertas grises, con

el sello de Losada, tiempos dichosos en que los libros de poesía eran tan

baratos.

Era la pujante Argentina de Juan Domingo Perón. Una Argentina capaz

de llegar con sus masivos embarques de libros hasta las costas de

Centroamérica, a los mismos muelles donde atracaban los barcos

refrigerados de la flota blanca de la United Fruit Company a recoger los

racimos de fruta que eran nuestra insignia de banana republics. Los

diputados, decía Sam Zemurray, quien inventó aquel negocio fabuloso

del banano, eran más baratos que las mulas, según recuerda en Hora

Cero Ernesto Cardenal.

Mi infancia pertenece también a la voz de Carlos Gardel en las roconolas

de las cantinas, una voz que venía desde la eternidad, y ante la que

lloraban de auténtica pena los borrachos despechados; y sus películas,

vistas una y otra vez por el mismo público ávido en el único cine del

pueblo, a la luz de las estrellas, y a causa de tanto Gardel en las

vidas cotidianas es que a un carpintero de ataúdes, que llevaba las uñas

manchadas de maque, lo llamaban Canejo, por aquello de \'fuerza,canejo, sufra

y no llore...\'

Mis libros de lectura escolar hablaban de graneros colmados,

ferrocarriles que atravesaban la pampa, infinitos hatos de ganado,

barcos que partían pletóricos de mercancías. En el país del que venían los

libros y las historietas, los niños iban a la escuela pública de uniforme,

como no ocurría en Nicaragua, donde no había siquiera bancos para todos los

alumnos. Cómo aquel niño que era yo no iba a querer ser como los argentinos,

así como los argentinos querían ser como los europeos.

Pasaron los años. Poco antes de que Perón fuera derrocado, cuando las

arcas repletas de lingotes de oro empezaban a vaciarse en el Banco de la

Nación, gracias a las más variada suerte de corruptelas, y a la mano

munificente de Santa Evita, el viejo Somoza fue recibido con toda pompa

en Buenos Aires, y Perón llenó para él la Plaza de Mayo con un millón

de personas. Conservo esas fotos, los dos en el balcón de la Casa

Rosada, en arreos militares de gala, frente a la inmensa multitud. Más

tarde, en triste pago, Perón fue acogido en su exilio en la calurosa y

provinciana Managua, y se alojó en los aposentos del Palacio

Presidencial de Tiscapa. Ese año de 1956 mataron a Somoza, y Perón

huyó, temeroso de su mala estrella, a refugiarse en brazos de Trujillo

a la República Dominicana.

Isabelita Martínez, a quien Perón había conocido en Panamá en un

night-club, cuando iba precisamente rumbo a Managua, llegó a

convertirse en presidenta, y tuvo por consejero áulico a López Rega, un

brujo de arrabal que era, además, jefe de una banda de sicarios, una

\'mano blanca\', como las de Guatemala, o El Salvador. Argentina ya no

parecía el país europeo que era en las páginas de mis viejos libros

escolares, sino una república bananera, como cualquiera de las nuestras.

Una cabaretera presidenta. Un brujo asesino, su prestidigitador del

poder. Eso no podía ocurrir sino en una república bananera. Y después,

las desapariciones masivas, los prisioneros lanzados desde los aviones

en alta mar, enterrados en bloques de cemento en el fondo del Río de la

Plata. Eso es lo mismo que ocurría en Guatemala y en Nicaragua. Y

luego Menem, un chulo disfrazado de prócer, con patillas a lo General

San Martín, también venía a ser tan centroamericano en sus ínfulas

perdularias.

Ahora que tantos argentinos descuajados de la normalidad de sus vidas

se quieren subir a los viejos barcos en que sus antepasados llegaron

desde Calabria, o desde Marsella, o desde Vigo, a buscar un refugio

quizás imposible frente a la catástrofe que la repetida corrupción ha

traído sobre Argentina, el rollo de película es echado a andar, pero

hacia atrás. La civilización y la modernidad con que tanto soñaron todos los

que desde el siglo XIX ansiaron ser europeos, y con la que soñamos en el

calor del trópico, donde huele a frutos demasiado maduros, todos los que

quisimos ser argentinos, se caen a pedazos como las bambalinas de un

escenario en ruinas.

Pero yo sigo queriendo ser argentino. No sólo por mi infancia nunca

perdida. También por Lugones, por Borges, por Cortázar, por Osvaldo

Soriano, por Tomás Eloy Martínez, y, por supuesto, por Gardel. No más

les digo que esperemos, que ya vendrá el día en que no habrá más pena

ni olvido.

© DIARIO EL PAÍS, S.L.



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claudia bagnardi  Identity Verified
Local time: 09:21
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Se me pianta un lagrimón Jun 25, 2002

Pampi:

Se me ha piantao un lagrimón leyendo tu aporte. Básicamente, porque íntimamente siento muchas de las cosas que allí dice.

Me aferro a este país que fue tan pródigo, sobre todo en mentes brillantes, en tierras tan ricas, en paisajes tan variados, y en amistades tan profundas.

Amo este país, aunque duela. Hace 20 años que en mi casa se festeja el 25 de mayo con locro, empanadas, pastelitos, mate, cintas patrias, Mercedes Sosa, los Arroyeños, Himno Nacional. Como un cumpleaños.

Pero ahora más que nunca, estoy en una búsqueda desesperada de identidad nacional (no nacionalista).De noche le leo las desventuras de Martín Fierro a mi hijo. Estoy leyendo al mismo tiempo \"Historia Breve de los Argentinos\" de Felix Luna, y el inefable \"Facundo\" de Sarmiento. Me encantaría que cada argentino pudiera rescatar, como en tu artículo las cosas tan típicas y propias que nos hicieron sentir parte de este país. No quiero creer ni que nos creamos que no valemos. Nos debemos una fiera autocrítica, un golpe de timón, y adelante.

Siempre amar tiene un precio

Gracias Pampi y bienvenida


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