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Oct 2, 2004

"La fundación vanguardista de la traducción" (Patricia Wilson)

Hola, en el Suplemento Ñ del diario Clarín de hoy salió una nota excelente que se llama «La gesta silenciosa y heroica de la traducción» (entre nos: la traducíada nuestra de cada día... ) de Patricia Wilson. La nota es larga y me llevaría mucho copiarla. Sí tengo en formato Word otro artículo de Patricia que analiza al Borges traductor. Al respecto, solo leí un libro traducido por Borges (fuera de las veces que lo analicé como traductor) y fue Las palmeras salvajes de William Faulkner.

Entonces, acá pegaditas a estas palabras las palabras que son copete de la nota de Wilson en el suplemento Ñ y, más abajo, un artículo escrito por Patricia Wilson. Al final pegué el enlace de donde lo saqué hace un tiempo porque tiene varias perlitas para nos, los tradicientes.

¡Buen finde!
Au


“Hacía falta alguna perspicacia para adivinar un potencial traductor en aquel muchacho salido de una estación de servicio, ¿o era un taller mecánico?, con su castellano pasable y su inglés empeñoso averiguado por carta. Descubrió, poco a poco, que traducir era asunto distinto de conocer dos idiomas: un tercer dominio, una instancia nueva.

Y después el secreto más duro de todos, la verdadera cifra del arte: borrar su personalidad, pasar inadvertido, escribir como otros y que nadie lo note”.


(del relato de Rodolfo Walsh, “Nota al pie”)



Nadie traduce como Borges. El sintagma señala una diferencia, y no necesariamente una superioridad. Es que siendo como fue el héroe de proezas difícilmente repetibles en el campo de la teoría y la práctica de la traducción, Borges quedó elevado (y circunscripto) a mito de origen de la profesión en la Argentina: a los 9 años tradujo a Oscar Wilde (a los fines del mito, poco importa la veracidad del dato); exceptuando a Proust, tradujo a los mayores narradores del siglo; anticipó, en ensayos de los años veinte y treinta, varias de las problemáticas que décadas más tarde serían debatidas por diversas corrientes teóricas de la traducción; escribió relatos que figuran entre los más citados por los teóricos de la traducción. Con él, y a través de un proyecto editorial en el que la traducción era central y con el que se relacionaron otros proyectos editoriales -en especial, Losada y Sudamericana-, está vinculada una tradición fructífera, y que concibe la práctica de manera diferente: José Bianco, Aurora Bernárdez, Enrique Pezzoni, Patricio Canto, Alberto Luis Bixio, entre otros traductores. Esta tradición -de la que Borges es mito tutelar sin pertenecer a ella- ha sido exitosa, si se considera que sigue avalada por las instituciones: se enseña a traducir como ellos han traducido, los editores prefieren que se traduzca como ellos. Una traducción de Borges tal vez no pasaría una prueba editorial.
¿Qué es lo que hace que las traducciones de Borges sean ponderadas pero no imitadas? Lawrence Venuti afirma que, de todas la modalidades de la traducción, la más exitosa, la más difundida en el siglo veinte, es aquella que postula la invisibilidad del traductor como enunciador segundo de un texto escrito en otra lengua. José Bianco, traductor insigne de la tradición, caracterizó esa modalidad en estos términos: “Creo que una traducción debe ser los más fluida posible, para que el lector no esté recordando todo el tiempo que lee un libro traducido”.
Según Venuti, nada ha influido tanto sobre el estatuto marginal del traductor como esa modalidad transparente: si la traducción no debe notarse, ¿por qué habría que notar al traductor?[3]
El análisis de las traducciones de Borges -su relevamiento y cotejo con los textos fuente- permite ver que el mito de origen de la práctica profesional de la traducción en la Argentina está marcado por varios gestos de extrema visibilidad.
(...)
En un artículo reciente, Molloy afirma que toda traducción entraña una decontextualización, es decir, un aislamiento del contexto de partida y una inserción en un nuevo contexto, y en ese sentido, puede considerarse un objet trouvé. La traducción de fragmentos reforzaría, pues, ese efecto: si los límites del texto traducido no coinciden con los del original, además del contexto se elimina el co-texto. A veces, como en el caso de la última hoja del Ulysses, que Borges tradujo y publicó en la revista Proa en enero de 1925, la fragmentación llega al límite de interrumpir una textualidad continua -la del monólogo de Molly Bloom- para instaurar una nueva unidad que circulará y será retraducida independientemente del resto de la novela y hasta del episodio del que fue tomada. En 1982, Ramón Alcalde y Enrique Pezzoni retraducen esa última página; en otras palabras: actualizan ritualmente el mito. Jorge Panesi ha afirmado que esa retraducción estuvo motivada por la nostalgia, y no le falta razón: nostalgia por un origen que sólo puede actualizarse mediante una repetición ritual. Esa actualización puede no entrañar una retraducción interlingüística, sino una traducción intersemiótica.
Cuando se procede al cotejo de algunas de esas traducciones con sus textos fuente se advierte otra estrategia de visibilidad: la inclusión problemática de ciertas elecciones léxicas, sobre todo aquellas que aseguran la individualización de un locus. Pueden tomarse dos ejemplos que operan en sentido contrario. En primer lugar, la aclimatación de los términos que sirven para la construcción del paisaje evocado por Molly en la última página del Ulises -la aclimatación de ese paisaje a la planicie de la pampa-. En segundo lugar, el procedimiento contrario, es decir, la exotización del léxico mediante la inclusión de préstamos del inglés que remiten a una cultura urbana moderna en “Palmeras salvajes”, una de las dos historias paralelas de Las palmeras salvajes, de William Faulkner, que Borges tradujo para Sudamericana en 1940.
(...)
Los traductores de la tradición suelen traducir desde la norma lingüística; dado que una traducción es la escritura de una lectura, ¿no significaría eso que el traductor tradicional también lee desde una norma -una lectura consagrada, una valoración compartida-? Borges quizá traduce como nadie porque lee como nadie.[11] En la década del veinte y del treinta, la literatura de Virginia Woolf aparecía como un paso más adelante en la representación de la realidad; según Victoria Ocampo, y también según E. M Foster, André Maurois y Marguerite Yourcenar, esa literatura “descosía el botón” del realismo clásico representando la realidad “en toda su complejidad”, a la manera de los impresionistas. Borges aparta a Woolf del problema de la mímesis traduciendo la novela que se ubica nítidamente en la línea del fantasy, Orlando, y afirmando sobre ella, al igual que sobre Un cuarto propio, que es un texto “musical”. Sartre, Malraux y Maurice Coindreau -colaborador de Sur y traductor de Gallimard- ponían por las nubes las desventuras y contradicciones del hombre faulkneriano.
(...)
Otra evidencia de que leía como nadie (y sobre todo como nunca se espera que lean los traductores de la tradición) es el carácter polémico de sus prólogos. En su breve artículo sobre el Ulises de Joyce, que antecede la página traducida y que funcionaría como un “prólogo del traductor”, confiesa abiertamente no haber leído toda la novela.
II
En la historia de los cruces entre distintas literaturas nacionales hay encuentros que han quedado como hitos, perpetuados en sintagmas como “el Milton de Chateaubriand”, el “Sófocles de Hölderlin”, el “Poe de Baudelaire”, o también “La Ilíada de Pope”, “La Eneida de Klossowski”. En la primera serie, el autor deviene texto, y el traductor, autor. Hay como una excedencia en el sintagma homólogo: Borges “autor” de Joyce, de Woolf, de Kafka, de Faulkner. Tales cristalizaciones llevan a plantear preguntas que no corresponderían sólo a la traducción en la Argentina, sino a la traducción en una literatura nacional: ¿la condición de visibilidad está dada también por la acumulación de otros atributos en el traductor, además del de ser aceptado como praticien? Los ejemplos parecen demostrar que esos hitos -importantes para las literaturas meta, pero también para la historia de la práctica- tienen que tener como protagonista a alguien que, además de ser traductor, esté investido de otro capital. Jorge Schwartz lo señala lateralmente en su análisis comparativo de las traducciones de Borges y J. Salas Subirat de la última hoja del monólogo de Molly Bloom: Borges tiene la ventaja de ser Borges; como si se dijera: de ser el que es.
Parece injusto que, si Salas Subirat tradujo toda la novela y, por ende, la leyó entera, y no sólo los “retazos” practicados por Borges, según él mismo confiesa en su texto preliminar, se evalúe su traducción por apenas una sola página, la traducida por Borges. Sin embargo, esa comparación queda plenamente justificada si se observan los hechos -la página traducida por Borges en 1925 ha seguido circulando, y ha tenido una alta productividad textual, de la que el propio artículo de Schwartz es un ejemplo; el Ulysses de Subirat (1945) ya ha sido reemplazado por otras traducciones en español.
En el primer párrafo se hizo alusión a las proezas de Borges-traductor. Tal vez convenga señalar que se producen antes de la aparición de sus libros de relatos clásicos, Ficciones y El Aleph; Borges alcanzó su punto culminante como autor de ficción luego de darles voz a los demás. Veinte años más tarde, en 1969, vendrá su versión de Whitman, autor decimonónico. Sin embargo, la intervención decisiva, la de incorporar a la literatura nacional la narrativa que se estaba produciendo contemporáneamente en el mundo, ya había sido realizada. La pregunta que debe plantearse es si tradujo para ser leído mejor; para contestarla, es necesario tener en cuenta los dos elementos que intervienen en la importación de literatura extranjera en una literatura nacional, es decir, la selección de textos extranjeros, y las transformaciones que estos han sufrido para entrar en un nuevo sistema literario.
En otros términos, y a manera de ejemplo: ¿qué modificaciones introdujo Borges en los textos de Joyce, Woolf, Kafka, Faulkner para que se incorporaran en una literatura nacional que él mismo estaba redefiniendo en esos años?
Nadie traduce como Borges. En los comentarios críticos de sus traducciones, la valoración suele reemplazar la diferencia. Desmintiendo el prejuicio según el cual el original es eterno y la traducción envejece, es probable que, con el tiempo, Borges cada día traduzca mejor.
http://www.iespana.es/james-joyce/traductores.htm


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